En las grandes fiestas




Yo estoy con el que está sentado en la mesa hablando
porque su mujer ha muerto o su pierna le impide el baile.
Algún abuelo, un tío, un borracho
lejos del baile lejos
de las luces de la celebración
soñando entrar con vida y todo
en el interior de esas jovencitas tan felices y licenciadas.
Pero cuando todos bailan
cuando la fiesta está en su cenit
y hasta las más tías se entregan descalzas a la danza
yo desnudo quedo frente a todos
ya no hay nadie con quien hablar
aunque sea de los precios de la inflación
ya no hay refugio ni amparo ante el atroz embate de la felicidad
entonces doy vueltas
camino hasta la barra
me muestro en tránsito
simulo ocupaciones
voy al baño, busco imaginarios objetos perdidos en los bolsillos
miro a lo lejos algo que no existe
vuelvo a mi silla con gesto preocupado
y resisto
como puedo
las invitaciones tenaces de mis amigos
que repiten imbéciles
que vaya a bailar con ellos.
A bailar.
Es absurdo, pienso.
Pero no les miento,
-No, respondo,
y explico con calma mi motivo
que no comprenden y repiten la orden-invitación.
Entonces
si llegara tristemente un momento de debilidad o distracción
y de repente me encuentro caminando junto a uno de ellos
con destino de pista de baile y de celebración de la alegría
comienzo a sudar
y sin poder comprender en nada
qué es lo que estamos haciendo
muevo mi cuerpo como un confundido oso de gelatina
o como una vieja cortina agitada por un viento feroz
deseando con todas mis fuerzas y mi desesperación más auténtica
encontrar un salvoconducto que me devuelva a mis actividades propias del festejo
irme al baño, buscar algo que se me ha perdido en los bolsillos del saco,
acodarme a la barra, observar el salón,
conversar con el abuelo,
discutir las causas de la inflación.