Nacimiento
Después
de 17 años me subí a una bici otra vez.
Antes
de subir no sabía si iba a poder mantener el equilibrio. En la primera
pedaleada pensé que me caía. Tuve miedo de los autos, de los conductores como
yo.
Y
todo fue nuevo.
***
Cuando bajé a la calle, me pregunté si ir por Plaza España o si rodearla por Larrañaga o por
Crisol, evitando los riesgos del desorden que provoca el cuello de botella del
tránsito, pero mientras lo pensaba me encontré en movimiento hacia la plaza. De
inmediato me sentí ajeno y hasta sospechoso, como si estuviese jugando al
fútbol con un esmoquin. Los primeros cien metros fueron tan reveladores como una primera vez, y al llegar a la plaza mi inexperiencia me encendió la alerta. No
tenía espejos como siempre los tuve en la camioneta, y mirar para atrás y
avanzar al mismo tiempo se me planteó como un obstáculo bastante difícil. Me acordé
de la poca paciencia que tengo cuando enseño a manejar o a hacer alguna cosa
que otro no sabe hacer y yo sí, me acordé de cómo no puedo comprender que
determinados movimientos que a mí me parecen naturales sean tan dificultosos
para esa otra persona. Yo no podía avanzar y mirar para los costados al mismo
tiempo, y eso me corrió de lugar, me ubicó en las zapatillas del otro, de ese
aprendiz y me sentí desnudo e indefenso. Me sentí niño otra vez.
A los 30
años no hay muchas cosas que uno aprenda, además de las lecciones de la vida,
que son casi siempre muy jodidas. Pero uno ya pasó esa edad
gloriosa en la que aprende a realizar las acciones, en la que hace muchas cosas
por primera vez. Me vi devuelto a ese tiempo pero sin la
protección de mis padres, como un chico de 6 años que aprende a andar
en bici en plena bajada de Poeta Lugones hacia el nudo vial. Para peor,
comprobé que mi capacidad de aprendizaje, por obra de la naturaleza, también ha
disminuido notablemente.
Sentí la
frescura del aire en mis manos, en mi cara, y cómo el aire me peinaba.
No me estaba trasladando sólo espacialmente, también me movía en
el tiempo, hacia atrás y hacia adentro.
Al bajar,
tomé velocidad y me dio un poco de miedo. Pensé en ir por la vereda,
desconociendo que en el boulevard del medio está la bicisenda. Realmente sentí
que la calle ya no me pertenecía como cuando manejaba mi camioneta. Me sentí
como un sapo de otro pozo, como alguien en un lugar que no le corresponde, como
un colado, un invasor puesto en evidencia. Los autos venían demasiado rápido y
mi seguridad dependía sólo de mí, de mi capacidad de no meterme en su camino,
de mi capacidad de no molestarles en su propiedad privada. Aunque bajaba más lento que ellos, mi velocidad era considerable y me hacía
preguntarme si no perdería el equilibrio, si no pasaría de largo, daría una
vuelta en el aire y me rompería la cara contra el asfalto, que comenzaba a
ondularse, poniéndomelo difícil. Llegué al semáforo que está
a la altura de las escaleras del parque y me pregunté cómo cruzar el
nudo vial así, en dos ruedas y con miedo. Cuando llegué a la altura donde Lugones
se abre y podés seguir hacia el nudo o irte hacia la bajada Pucará dudé tanto
que me fui para el lado de la bajada y tuve que dar la vuelta, cruzar la calle,
e intentar ir por la vereda. No se podía, la estrechez y los postes que están
al medio lo hicieron imposible, así que bajé de nuevo a la calle y
esperé cruzar ileso. Lo logré y me encontré en el semáforo del hospital
neuropsiquiátrico.
Faltaban
pocas cuadras para llegar a destino, estaba cansado y feliz. Me sentía orgulloso,
tuve esa necesidad de aprobación maternal por un logro pequeño a los ojos de
los grandes pero colosal para la experiencia de un niño.
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