Entonces
aparece de la nada, entre la oscuridad y el humo, como los ninjas. Se acerca y
me habla de pronto -Escribir relatos, escribe cualquiera, pero no cualquiera
escribe poesía. Hay que tener huevos.
Las palabras se le deshacían en mi piel, tomando un impulso nuevo y poderoso en cada afirmación. Hizo una pausa para tomar aire o para disfrutar de mi terror, y su voz me envolvió otra vez.
-Hay
que tener alegría, dolor; para escribir poesía hay que tener el corazón muy,
muy gritando.
Y se inclinó nuevamente hacia atrás dejando mi cuello, llevándose de mi piel su aliento de diablo.
Yo
quise correr a mi casa y bañarme y cambiarme y perfumarme. Y volver después a
buscarlo, así todo caliente y perfecto. Acariciarle su espada de hombre con mis dedos de
algodón que se quiebran entre su intrincación venosa de donde emana la vida.
Que me bese como una araña, como una víbora ponzoñosa, que me dé el beso de la
muerte.
Pero
en vez de eso, mientras lo pensaba y sin querer, parecí ignorarlo y sus
palabras como desastrosas moles de piedra cayeron desde arriba y murieron con
apariencia hueca al estrellarse contra el suelo infértil de mi desdén. Quise
decirle que lo deseaba, decirle hasta el detalle de mis ansias, pero respondiéndole
desafiante, mi titubeo - no imaginan cuánto, cuánto contra mi voluntad - se vio
como indiferencia y su imagen se difuminó retrocediendo mis pies de monaguillo,
mis ojos tristes de cansado novio protector.
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