El contraste


No podíamos decidirnos
si estábamos calientes
o cagados hasta el cuello.
Parecía una excursión
negociada por una vieja y un remisero.
Cuando el tipo volvió, nos pidió la plata
diez pesos por cabeza y pasábamos todos.
Éramos cuatro, entré segundo
algunos minutos después
de haber entrado el primero.
Cuando salió, escudriñé su cara
como un mapa que me indicara
por dónde
tendría que ir
qué era lo que me esperaba
cómo saldría yo.
Tenía puesta una remera que mi mamá me había comprado
en las tiendas de ropa infantil
y al entrar pensé
en el contraste de la remera
con el lugar donde yo estaba a punto
de ensayar el placer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario