de Sol me regaló un anillo luego de lo que voy a relatar y nunca más la
vi. Lamentablemente.
Sol era chueca, un poco petisa y traía en
su cuerpo unos quince o veinte kilos de más que le impedían despertar erecciones
en los jovencitos que andábamos a su alrededor. Un pantalón súper ajustado y
remera y camperita de jean de igual calaña la ungían como el justo blanco para
el muchacho de quince años que era yo, rebalsado de ganas de experimentar el
sexo.
Era rubia, y su paso chueco hacía que su
carterita se moviera histéricamente.
A las seis de la mañana yo ya había
agotado todos mis recursos. Por esos años mi necesidad animal pretendía
satisfacerse mediante argumentos de los más alegres. Durante toda la noche me
había acercado a las chicas que consideraba más lindas buscando conquistarlas
con conversaciones felices que realzaran mi simpatía por sobre mi insuficiente
y pobre look ganador.
No lo había conseguido.
Caminábamos entonces con mis dos amigos,
Rata y Ruisque, por los pasillos de aquella disco de Carlos Paz, desesperados
como hienas hambrientas al filo de desatar un desastre de violación masiva.
Queríamos cogernos lo que venga, meter nuestras pijas inexpertas en cualquier
orificio que se mostrara dispuesto a ello. Por suerte, en aquellos noventosos años
del uno a uno, en la barra conseguíamos cócteles que podían derribar elefantes
a cambio de billetes tan pobres como los que reproducen el retrato de Manuel
Belgrano. Mientras mayor era nuestro fracaso en la empresa culiadora, mayor era
nuestra ingesta de brebajes exóticos. El barman nos llenó los vasos con
“Huracán”, una mezcla de por lo menos cuatro bebidas blancas con un toque de
jugo de frutas. Parecía un vaso de nafta, te lo tomabas y perdías la noción y
la vergüenza con una rapidez vertiginosa.Tres huracanes fue lo que pedimos
minutos antes de cruzarme con Sol, horas antes de que ella me regalara su
anillo gris mientras yo intentaba la hazaña penetrante con los manotazos
evidentes del atolondramiento.
La oscuridad del boliche, la enorme
cantidad de personas y las luces que rebotaban por doquier como disparos en un
enfrentamiento de guerrilla, hacían que nos chocáramos unos con otros mientras
nuestros cuerpos tambaleaban en cualquier dirección pretendiendo mantener al
equilibrio. Ya me había tomado mi huracán pero seguía con el vaso en la mano
porque en aquel tiempo teníamos el hábito de ir al baño con los vasos vacíos,
llenarlos con nuestra meada y luego ir a la barra a pedir hielo; una vez fría
la meada, nos parábamos esperando que alguien se acercara a pedirnos un trago.
Siempre alguno pisaba el palito y, como todos estaban rotos igual que nosotros,
nadie se daba cuenta de que se estaba mandando un soberano trago de pis. Así nos
divertíamos cuando apareció. Venía zigzagueando, no sé si resultado de la mamúa
o de la chuequera, cuando chocándola de frente le metí tremenda mano en su zona
genital. Más que manoteársela, le agarré
la concha con convicción, con toda la decisión de saber que era mi última
ficha, mi último cartucho, que todas mis artimañas habían fallado y que ya no
habría un después, que me cogía a ésta o tenía que esperar con la derrota sobre
los hombros que la traffic que nos llevaría de nuevo a nuestros hogares, me cargue
con la deshonra del perdedor.
La gorda abrió los ojos como dos faroles
poderosísimos, sorprendida en el acto y con la mandíbula desencajada. Me observó
como enfurecida y se quedó así mirándome un largo instante, en el que yo le
apretaba cada vez más todo lo que mi insuficiente mano llegaba a cubrir. Era
dura la costura del pantalón de jean ahí entre sus piernas, pero yo apuraba y
movía mi dedo más grande pretendiendo excitarla, aunque no sabía bien si estaba
enajenada o si entraba en la carrera. El riesgo era que comience a pegar
alaridos y que los patovicas viniesen a molerme a palos, vieja costumbre en los
boliches para pendejos. Pero no, con el correr de los segundos (porque todo
esto no llevó mucho tiempo, aunque para mí en ese momento un segundo
significara un año y viceversa), pareció su cara ir mutando a lo que sería una
forma más ¿Tranquila? ¿Conforme? ¿Que mostrara acuerdo? ¿Caliente? Creí que sí,
que todo eso junto, que mi abordaje de su cuerpo le gustaba, así que acerqué mi
cara a la suya y con una sorprendente naturalidad empezamos a besarnos
desesperada, frenéticamente, en medio del paso de la gente. Yo todavía
conservaba lo que quedaba de la meada que me había clavado algunos momentos
atrás, entonces Sol tomó mi mano, agarró el vaso sin pedirme permiso y, entre
la rapidez con que lo hizo y mi confusión, no tuve posibilidad de impedirlo y
miré con diversión cómo se atragantaba con mi helada orina. Terminó el vaso
como si fuera Gatorade y volvió a besarme con fruición. No había vuelta atrás,
la correspondí con igual intensidad compartiendo el sabor de mi refresco y comencé
a meterle mano con la urgencia de un asesinato, mientras los que caminaban nos
empujaban y estábamos en serio peligro de caer al piso.
Corrimos al reservado de arriba a seguir
hurgándonos como dos perros en celo.
Yo no había tocado una vagina en toda mi
vida y la representación que me hacía en mi mente era como si se tratara de la
mismísima Tierra Prometida. Allá fui entonces, cuando me pareció que ya era
momento de dejarle descansar las colosales tetas. Metí dedos como cuchillos,
metí dedos como si se tratara de una operación, metí dedos como si fuera a
quitarle una bala que, de quedársele adentro, acabaría con su vida.
Metí dedos como un veterinario.
El reservado era una especie de
balconcito o entrepiso con sillones devastados donde la oscuridad llegaba al
punto del absoluto, pero que como daba a la pista principal, cada un rato algún
láser rebotaba contra las paredes y yo podía ver flashes de lo que nos rodeaba:
otras parejas en idéntica situación, algunos ya cogiendo disimuladamente, con
carpa, otros desenfrenados y sin tapujos; y otros, como yo, en la lucha, en la neblinosa
lucha por interpretar los gestos de una jovencita, en esa ciega lucha por arremeter
sin saber cuál es el paso a seguir, cuándo es momento de avanzar y redoblar la
apuesta sin mirar atrás.
Sentí por vez primera la hirviente
suavidad carnosa rodear mis dedos, apretándolos. Experimenté todo lo que pude
el contacto en mis yemas de toda aquella piel y el líquido que salía como de
una fuente cavernosa. Dirigí todos mis sentidos a mi mano y me dispuse a grabar
las sensaciones en mi memoria, para siempre.
Sin decidirme si lo mejor era quedarme
en la concha o concentrarme en las tetas (que ya estaban libres de corpiños y
remera), o si actuar en los dos frentes a la vez (o en los tres si es que las
tetas debían abordarse por separado, cosa que yo no sabía y en cuyo caso habría
necesitado asistencia porque cuento únicamente con dos manos), totalmente
desesperado, mientras chapaba y chupaba con igual determinación, pude ver entre
las ocasionales parejas que se debatían igual que Solcito y yo, a Ruisque y
Rata que nos miraban atónitos, retorciéndose a carcajadas, muriéndose de risa.
El triunfo de uno es el triunfo de todo el equipo, decíamos, y ahí estaban
ellos, constatando la victoria, compartiendo la alegría, abrazándome a la
distancia. Los vi por encima de una teta, asomándome como si espiara trepado a
una tapia, a una montaña, a un médano inmenso. Reían escandalosamente,
agarrándose la panza y levantaron los brazos cuando vieron que yo los miraba.
A esta altura del asunto, sólo había
pasado media hora desde que nos habíamos chocado/conocido. Eran cerca de las
siete de la mañana, yo no sabía cómo seguir y mi cuerpo comenzaba a enviarme
señales de la destrucción.
-Vamos afuera, dije.
¿Vamos afuera? No tenía idea de por qué
íbamos afuera, pero de lo más profundo de mi instinto la orden me vino precisa
y estricta: había que irse de ahí. Vamos afuera. No sabía a qué, no estaba
seguro si afuera iba a poder hacer algo que no pudiese adentro, en ese reservado
oscuro y dispuesto para el sexo, pero le propuse salir. Sol se levantó,
bajándose la remera que aún hoy no entiendo cómo no la ahorcó en aquella media
hora, y en un segundo estábamos bajando la escalera. Todo el planeta me giraba
alrededor trayéndome los brebajes al límite del vómito. Me contuve y seguí
caminando detrás de ella, mirándola chuequear con sus generosas caderas en
donde imaginaba perder mi cabeza.
Al cruzar las puertas del boliche, el
sol nos pegó en la sien, en la cara, en los ojos, en el equilibrio. Me pegó a
mí, particularmente, en la curda, amenazando mi calentura: ella me pareció
entonces bastante horrible y pensé que objetivamente no me atraía. Sentí asco.
Sentí rechazo, movimientos de jugos estomacales provocados por la imagen de la
gorda. Sin embargo, decidí no abdicar, no dejarme amedrentar por eso. Continué con
la convicción de ser movido por una fuerza superior a mí y a la que debía obedecer.
Caminamos hasta una pequeña pared donde terminaba la playa de estacionamiento propia
del lugar y comenzamos a mordernos como pirañas, como dogos enceguecidos. Yo
discerní que era más rentable concentrarme en seguir practicándole un tacto
vaginal torpe e impiadoso y me dediqué a ello admirando su respuesta en forma
de gemidos desconsolados ante los formidables movimientos de mis dedos
debutantes. En su cara se dibujaban muecas grotescas y exageradas, y volví a
calentarme como antes. Le pregunté su nombre y le propuse ir hacia un cañaveral
que había más abajo, yendo para la ruta, a que termináramos con toda la
milonga, pero cuando respondió pude saber que me estaba por coger una chica con
un leve retraso mental, o al menos con graves problemas para hablar. ¡Parecía
que estaba violándome una discapacitada! A pesar de ello, procedí implacable, mi
enardecimiento no hacía distinciones de ninguna naturaleza, iba subido a un potrillo
desbocado cuya única meta de llegada sería la gloria de la cópula más salvaje
que era capaz de imaginar.
Publicado en el número 10 de Diccionario, revista de letras. 2012.
Esto es lo mejor de la vida
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