Departamento · 2

El señor propietario del kiosco de revistas y diarios que está en la puerta de mi edificio tiene la piel morada. Yo arriesgo que así se la puso el vino. Todos los domingos come un chori que se va a comprar hasta el Luisito en la plaza España y vuelve con el chori y lo pasa con un vino que comparte con el Marcelo y si yo tengo la suerte de cruzármelos a esa hora y verlos, me alegran el día y te diría que toda la semana, porque están los dos conversando como si estuvieran en el río y Belgrano hace una semana se hubiera coronado campeón de la primera división del fútbol argentino. Así están. Plenos. Pareciera que ya no están eufóricos pero indudablemente lo han estado y, pasados los días, flotan livianos sobre el aire. Descansando. Con la paz del deber cumplido o alguna de esas satisfacciones que dejan tranquilos a los hombres. Dan la sensación de no estar sometidos a ningún yugo enloquecedor y se sientan panchos a comer su chori con el vaso lleno de vino helado.